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Vientres de alquiler: «Yo tenía una etiqueta con un precio»

Vientres de alquiler: «Yo tenía una etiqueta con un precio»
marzo 30
10:40 2017

Defensores cristianos de la vida del no nacido, feministas abortistas y víctimas de la gestación subrogada han unido sus voces para pedir ante la Comisión sobre el Estatus de las Mujeres de Naciones Unidas que se prohíba en todo el mundo la práctica de los vientres de alquiler. «Perjudica a las mujeres y convierte a los niños en productos», denuncian

Jessica Kern se presenta como «un producto». «Cuando algo se intercambia por dinero, es una mercancía», explica. Así se siente ella, que nació de un vientre de alquiler. Lo contó el 14 de marzo en Nueva York durante la jornada Comerciar con el cuerpo femenino, que organizaba la plataforma Stop Surrogacy Now (Detener la gestación por subrogación ya) en el marco de la 61ª sesión de la Comisión sobre el Estatus de las Mujeres. Esta cita anual del Consejo Económico y Social (ECOSOC) de la ONU concluye este viernes, 24 de marzo.

Jennifer Lahl, presidenta del Center for Bioethics and Culture (Centro de Bioética y Cultura-CBC) de EE.UU. y organizadora de la jornada, explica a Alfa y Omega que su objetivo era impulsar ante la comunidad internacional «la petición de una prohibición global de la subrogación». 16 entidades lanzaron en 2015 esta campaña y, dos años después, Lahl se felicita por el eco que han tenido. Ella misma habló el 15 de marzo ante cientos de delegados internacionales en la sede de ECOSOC.

En Stop Surrogacy Now, hay grupos provida luchando codo con codo con feministas de todo el mundo. Miembros de este movimiento tomaron la palabra en Nueva York junto a tres víctimas: una mujer que ha gestado a cinco bebés para terceros, otra que sufrió un derrame cerebral después de donar óvulos –indispensables para esta práctica– y Jessica, hija de las primeras generaciones de vientres de alquiler, en los 80, y que ahora los critica.

De tener dos familias a ninguna
Cuando Jessica nació, hace 32 años, casi todas las subrogaciones eran tradicionales: la mujer gestante también era la madre biológica, pues era inseminada con el esperma del padre. «Mi padre era mi padre biológico, y mi madre me adoptó». Ahora, en la mayoría de casos, los embriones se producen in vitro con óvulos donados para evitar que la madre tenga un vínculo biológico con el bebé.

La madre de Jessica es coreana, así que al crecer y ver que ella, con rasgos caucásicos, era diferente, supo que «ahí pasaba algo». ¿Sería adoptada? Pero no era ese su mayor problema. «Nunca conecté bien con mi madre», recuerda. La mala relación llevó a que de niña sufriera maltrato. Años después, lo achaca a que sus padres «tenían muchas expectativas de perfección, porque se habían gastado una buena cantidad de dinero en mí». Su madre biológica cobró el equivalente a un año de salario mínimo en EE. UU.

A los 16 años, Jessica descubrió su verdadero origen, y a los 17 años se fue de casa. Aunque «al principio estaba aliviada por no estar totalmente relacionada con esa gente», «me seguía faltando algo». Comenzó a buscar a su madre biológica, y hace seis años la conoció a ella y a esa parte de su familia. La alegría le duró poco: cuando tomó postura contra los vientres de alquiler «dejaron de hablarme. Se suponía que debía estar agradecida por haber nacido, y no tenía derecho a cuestionar» cómo. Ahora no se relaciona con ninguna de sus familias.

Jessica no acepta que se compare la gestación por subrogación con la adopción como prácticas buenas que, a veces, pueden tener algún efecto colateral desagradable. Al adoptar –distingue– se da una salida a niños que ya han venido al mundo y que están en una situación difícil que hay que solucionar. En la subrogación, en cambio, «creamos de forma intencionada a niños para que pasen por el mismo trauma de la adopción», afirmó en una entrevista en 2014.

En Nueva York, criticó que quienes defienden los vientres de alquiler solo «se tienen en cuenta a los adultos: lo que ellos quieren». Pero «ya hay suficientes pruebas de que no protege los intereses de la mujer gestante ni de los niños». Más allá del componente de «compasión» que –admite– mueve a algunas personas, al final «es difícil no ser consciente de que yo tenía puesta una etiqueta con un precio».

Un negocio de miles de millones
El poco control al que está sometida la gestación por subrogación en el mundo hace difícil calcular el volumen del negocio. El CBC estima que alcanza varios miles de millones de euros. En Estados Unidos, donde cada año nacen unos 2.000 niños mediante esta práctica, el proceso completo está entre los 90.000 y los 180.000 euros. La inmensa mayoría de las madres gestantes cobra por ello, pero eso es solo una parte del total. Las clínicas de reproducción artificial, las agencias, los abogados, etc. se embolsan el resto.

«El dinero no es el único problema», afirma Lahl. Lleva años investigando este mundo. En 2014, el CBC produjo el documental Breeders (Parideras). Ha conocido a mujeres que lo han hecho de forma altruista, tanto para extraños como para familiares; otras que lo han hecho de forma comercial… Pero independientemente de las circunstancias, asegura, «hay complicaciones de salud, psicológicas, emocionales, rupturas familiares. No se me ocurre ninguna regulación de los vientres de alquiler que proteja» frente a ellas.

María Martínez López
Alfa y Omega
Imagen: De izquierda a derecha: Kelly Martínez, Jessica Kern y Kylee Gilman,
que todavía tiene secuelas tras sufrir un derrame cerebral
después de donar óvulos, en Nueva York.
Foto: Fiona Basile /CWLA

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Cholo Hurtado

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