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Pedro Velasco, el misionero que vive donde nadie quiere vivir

Pedro Velasco, el misionero que vive donde nadie quiere vivir
abril 26
09:43 2018

Pedro Velasco vive desde hace tres décadas en el Bañado de Tacumbú, en Asunción (Paraguay). Se conoce como bañados a las zonas sobre las que el río Paraguay desbordaba sus aguas en épocas de lluvias. Hace poco más de medio siglo, servían también de vertedero para los habitantes de Asunción. En la actualidad, allí se concentra el 20 % de la población de la capital del país, que se encuentra en una situación de extrema pobreza

Cuando el dominico leonés Pedro Velasco se trasladó a vivir al Bañado de Tacumbú, sus habitantes le miraban «como si fuera un auténtico marciano. Solo me faltaban las antenas». No entendían por qué un español, al que le presuponían buena condición económica, se iba a vivir a un sitio como aquel, donde sobrevivían los más pobres de la ciudad paraguaya de Asunción. Sus nuevos vecinos desconocían que «desde que decidí ser religioso y sacerdote», a los 15 años, «siempre tuve claro que mi vida religiosa tenía que traducirse en un servicio radical orientado a los más pobres y necesitados», explica el misionero a Alfa y Omega. «Para mí la clave era vivir como ellos y trabajar con ellos para superar juntos la situación de pobreza en la que se encontraban», añade.

Sin embargo, Velasco nunca se había planteado irse a la misión. Esta forma de entender la vida religiosa bien se podía poner en práctica en España. Todo cambió en el ocaso del Concilio Vaticano II, que coincidió con su ordenación sacerdotal. Por aquel entonces, el Papa Pablo VI «hizo una llamada a acercarnos a la Iglesia de América Latina, que era muy viva, muy activa, muy comprometida pero que contaba con poquísimos sacerdotes». Para el dominico fue un momento de gran crisis. «Nunca había pensado en ir a la misión. Al contrario, había pensado en no irme. Pero tras el pronunciamiento del Papa me pregunté por qué me quería quedar en España. Me di cuenta de que no me quería ir porque aquí estaba mi gente y tenía una vida cómoda». Tanto la pregunta como su respuesta, que el religioso afrontó con absoluta sinceridad, le llevaron a plantearse una drástica disyuntiva: «O me salgo de la congregación, y dejo el sacerdocio, o me voy a América. Lo que no voy a hacer es continuar de sacerdote buscando mi comodidad, no tiene ningún sentido». Fue un momento difícil, pero tan solo un año después de su ordenación, con 24 años, Pedro Velasco se ofreció a su congregación para irse de misión. «Creía que no me iban a aceptar, yo solo tenía 24 años, pero a los 25 me pusieron en el barco Julio Cesare para atravesar el Atlántico».

Desembarco complicado
Tras una breve estancia en Uruguay, el religioso recaló en Paraguay donde lleva 42 años. «En aquel entonces eran dos mundos completamente distintos. Al principio me costó mucho, fue duro». Pero «iba muy convencido» y estas primeras contradicciones «las tomé como un ejercicio de encarnación», asegura.

Su primer destino fue como párroco en el templo que los dominicos tenían en una de las zonas nobles de la ciudad de Asunción. Paralelamente, trabajaba en la Universidad Católica de Paraguay, en la que llegó a ser director del departamento de pastoral. «Cuando me ofrecieron el puesto en la pastoral universitaria puse una condición: no aceptaría el cargo si suponía trabajar con un grupo de burgueses. Quería trabajar con estudiantes desde un compromiso social».

Foto: Marta Isabel González/Manos Unidas

Al Bañado con los pobres
Después de 10 años desde su llegada a Paraguay, Pedro Velasco vivió otro de los momentos esenciales en su vida. El primero fue hacerse sacerdote, el segundo irse a América y el más importante fue «irme a vivir al Bañado de Tacumbú», confiesa.

Los bañados son las zonas sobre las que el río Paraguay desbordaba sus aguas en épocas de lluvias. Hace poco más de medio siglo, servían también de vertedero para los habitantes de Asunción. En la actualidad, allí se concentra el 20 % de la población de la capital del país, que se encuentra en una situación de extrema pobreza. «Son campesinos e indígenas que fueron expulsados del campo. Vinieron a la ciudad sin nada y, por lo tanto, no pueden comprar o alquilar una casa. “¿A dónde van?” A donde nadie quiere ir, a los bañados que son susceptibles de inundarse, que no están catastrados…”, explica el misionero a Alfa y Omega.

De las 200.000 personas que viven en los bañados, el de Tacumbú acoge a cerca de 15.000 –unas 3.000 familias–. «Es el más cercano al río, aunque está literalmente pegado a la ciudad. Pese a la proximidad, le preguntas a alguien de Asunción por los habitantes del bañado y prácticamente no saben ni que existen: “Ahí está el bajo, una gente peligrosa, miserable, borracha, vaga, drogadicta…”. Esta es la mala imagen, que no se corresponde para nada con la realidad, que tienen de los pobres».

Tres años sin hacer nada
Allí el religioso se compró una casa por 80 euros y la mitad de sus pertenencias las llevó en una motocicleta. «Me pasé dos o tres años sin hacer nada, simplemente estando, conociendo, siendo uno más. No me propuse llegar como un salvador, sino hacerme hermano de ellos, compañero de lucha». Y, a pesar de la aparente inactividad, «fueron de los años más interesantes».

Después de aquel primer periodo, surgió el Centro de Ayuda Mutua Salud para todos (CAMSAT), que ahora acaba de cumplir 30 años. Nació con varias premisas: los protagonistas serían la mismas personas del bañado y no sería un centro asistencialista sino de capacitación. «No se trataba de sustituir, o de dar una limosna a la gente, sino de capacitarla y que el barrio tuviera una voz propia y fuerza social. No era un trabajo de asistencialismo sino de promoción».

De esta forma, surgió en primer lugar una escuela, un centro de salud y un comedor infantil. «Era las necesidades más acuciantes. La mitad de los niños estaban sin escolarizar y pasaban hambre. La situación sanitaria del barrio era dramática». Siguió un centro de microcréditos para pequeñas empresas familiares, una cooperativa de recicladores, una radio comunitaria, una orquesta, una escuela de danza, una escuela de fútbol… «También creamos un programa de becas para la educación integral de los jóvenes que ha sido un motor importantísimo del barrio. Hemos becado a más de 1.000 niños. Muchos han terminado la universidad y ahora son enfermeros, maestros, etc, pero siguen viviendo en el barrio, trabajando por él, cuando podrían vivir en una zona mejor».

Foto: Marta Isabel González/Manos Unidas

Vivir sin agua corriente
Con todas las iniciativas de CAMSAT «se ha ayudado directamente a 500 familias –unas 3.000 personas–, pero indirectamente a todo el barrio». Así ha sido, por ejemplo, con el proyecto de llevar agua corriente a Tacumbú, del que se ha beneficiado hasta el propio misionero que, igual que sus vecinos, «vivía sin agua corriente en una ciudad de 30 grados de media de calor», asegura Velasco.

Los habitantes del bañado dependían de unos «vehículos que venía de vez en cuando con agua potable. Les comprábamos el agua y llenábamos unos depósitos. En ellos era habitual que entraran ranas y otros bichos». Con lo que había en los tanques «uno tenía que lavarse, cocinar…»

Sin agua corriente, y en estas condiciones, «teníamos todo dispuesto para morir si queríamos». Pero gracias al apoyo de Manos Unidas y la Agencia de Cooperación Española, CAMSAT puedo llevar agua potable a Tacumbú. «Se hizo un convenio con la empresa estatal del agua. Nosotros nos encargábamos de financiar todas las instalaciones gracias al apoyo de Manos Unidas y, además, les entregábamos 2.000 clientes gratis».

A pesar del indudable beneficio económico para la empresa estatal, el proyecto estuvo apunto de no salir adelante. «En Asunción hay mucha corrupción. Quería encargarse ellos de hacer las instalaciones a unos precios desorbitados. Con su presupuesto no habríamos alcanzado a poner agua ni a 500 familias. Al final, el proyecto salió adelante y 2.000 familias empezaron a contar con agua potable en su propia casa», asegura el misionero.

«A la gente le cambió la vida. ¡Agua corriente en el Bañado de Tacumbú! Fue una cosa maravillosa que pude experimentar en primera persona. Daba gusto abrir el grifo y que saliera agua. Mejoró la salud, la higiene…».

Foto: Marta Isabel González/Manos Unidas

Un Bañado que hace honor a su nombre
Pero el agua no siempre ha sido tan bien recibida en el Bañado, que cada cuatro o cinco años hace honor a su nombre. «La crecida del río es algo dramático. No se puede explicar en palabras». Aunque el dominico cree que el verdadero problema del bañado no es el río y la crecida, sino la pobreza. «Para empezar, si la gente no fuera pobre, no estaría ahí. La crecida es un problema adicional a los que ya tienen por el hecho de ser pobres».

El agua llega lentamente. «Primero, te enteras que a cientos de kilómetros el río ha crecido. Va aumentando su caudal poco a poco hasta que termina por llegar a tu casa». Llega un momento en el que las 3.000 familias tienen que salir de la zona en busca de refugio. «Nadie tiene a donde ir y acaban en refugios que pone la municipalidad».

El religioso ha vivido hasta en cuatro ocasiones en los refugios junto a los habitantes del bañado. Los conoce bien y los tilda de «absolutamente inhumanos. Al principio, teníamos ¡un baño móvil para cada 30 familias! No teníamos ducha y el hacinamiento era insoportable».

Precisamente, ahora mismo la zona se encuentra inundada. Antes de venir a España para visitar a su familia, Pedro Velasco estuvo acompañando a cerca de 1.700 familias que habían tenido que salir huyendo del agua. «Pasaron varios días a la intemperie, viviendo sobre el agua, hasta que les dieron permiso para ocupar un terreno propiedad del Ejército, que está cerca de nuestro barrio».

A pesar de todo, en CAMSAT «hemos conseguido transformar este drama en uno de los elementos que más nos ha ayudado a crecer. Con cada crecida, decíamos: “Que la inundación no nos destruya, que la inundación sea un momento de más unidad, de más solidaridad, más conciencia de estar juntos”. Y nos jugábamos hasta la vida por esta idea», concluye Pedro Velasco.

José Calderero de Aldecoa @jcalderero
(Foto: Marta Isabel González/Manos Unidas)

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