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«Hay que repensar la presencia pública de los católicos»

«Hay que repensar la presencia pública de los católicos»
febrero 14
01:17 2019
El cardenal Angelo Scola presenta en Madrid su Autobiografía, una mirada desde dentro a los tres últimos pontificados y una propuesta para la renovación del anuncio cristiano en un mundo secularizado

Hijo de un caminero socialista con hondas inquietudes intelectuales y de una madre de honda piedad, el lombardo Angelo Scola (1941) creció en un contexto de declive del modelo europeo de transmisión de la fe sustentado solo en la tradición. Conocer, a los 14 años, a Luigi Giussani, el fundador de Comunión y Liberación (CL), le abrió a nuevo horizonte en el que la propuesta cristiana ya no se limitaba a los consabidos discursos moralistas. Como sacerdote y obispo, su gran preocupación pastoral ha sido suscitar un encuentro personal con Jesús a través del testimonio personal y comunitario, incluyendo una renovación de la educación católica como la que ensayó siendo patriarca de Venecia. De todo ello habla el arzobispo emérito de Milán en su autobiografía, He apostado por la libertad (Encuentro), publicada en forma de entrevista con el periodista Luigi Geninazzi, que el cardenal Scola presenta este jueves en Madrid junto al secretario general de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello. El purpurado no elude los temas más incómodos, entre ellas las incomprensiones que ha tenido que arrastrar por su cercanía a CL o la etiqueta –falsa, asegura– de «candidato derrotado» en el último cónclave frente a Jorge Bergoglio.

¿Cómo suscitar hoy ese encuentro con Jesús y el deseo de pertenencia a una comunidad?
Hemos entrado en una fase de postsecularización. El sujeto personal y comunitario cristiano está llamado a ofrecer su propuesta a la libertad del otro por medio del testimonio. Hoy no faltan en la Iglesia ejemplos que muestran la bondad de esta propuesta. Desde la experiencia personal, me han impresionado en este tiempo las muertes de varias personas jóvenes, fallecidas verdaderamente en santidad. Y también podemos hablar de las nuevas comunidades y movimientos, con testimonios de vida en Cristo Jesús que han de ser entendidos como prolongación de la encarnación.

Cuenta usted que san Juan Pablo II elaboró en el Concilio un esquema alternativo a una parte de la constitución Gaudium et spes (sobre la Iglesia y el mundo) que usted no llegó a leer, pero del que Karol Wojtyla sí le habló. ¿Cómo era esa propuesta? ¿Guarda relación con ese giro que dio el Papa en el Congreso de la Iglesia italiana de 1985 en Loreto, apostando por una presencia pública más incisiva de los católicos?
Sí, hay una continuidad muy importante. Jesús se ha encarnado para acompañar a los hombres en la vida real, en los afectos, el trabajo, el descanso… Y, por tanto, también para construir una sociedad política justa. La preocupación del Papa era que la propuesta cristiana pudiese influir en la sociedad civil, también a través de la política. Ahora bien: desde que Juan Pablo II lanzó esta propuesta han pasado 30 años y por lo tanto hace falta desarrollarla de una manera nueva. Por ejemplo, han desaparecido en Europa occidental los partidos que tenían como referencia el catolicismo. Hay que repensar la presencia pública de los católicos según otras modalidades que, por ahora, no podemos ver claramente, debido en parte también a la crisis de los partidos.

«Probablemente, si no hubiese sido sacerdote, me habría metido en política», afirma en el libro. En tiempos llenos de incertidumbre y populismos, ¿cómo hubiera aplicado esa categoría de «amistad cívica» en la que tanto insiste?

La sociedad plural es un hecho. El carácter distintivo del cristianismo es el realismo. Por tanto, hay que partir de este dato. Y una sociedad plural tiene tendencia al conflicto. Pero estamos llamados a vivir juntos, lo queramos o no. Por esto es necesario, como dijo Maritain en su famoso discurso a la Unesco de 1947, considerar el hecho de vivir juntos como «un bien social». En este contexto es posible actuar.

Traslado la pregunta al contexto eclesial. A lo largo de su biografía aparecen continuas referencias a diferencias de criterio e incomprensiones, a menudo dolorosas para usted. Pero también describe relaciones cordiales con personas con quienes ha mantenido puntos de vista divergentes en no pocos temas, caso del cardenal Martini, sin que ello impidiera…
Una comunión profunda.

¿Cómo integrar estas diferencias?
En la Iglesia la comunión debe ser entendida como un don que la Trinidad nos hace de sí misma y no como buena educación o voluntad de ponerse de acuerdo. Debe apoyarse sobre el principio de la pluriformidad en la unidad. Si pienso en las diócesis a las que he sido enviado como obispo, creo que el trabajo para que la comunión acoja las distintas formas en su pluriformidad ha dado frutos. En esta situación en que se encuentra la humanidad, de transición en medio de dolores de parto, los cristianos debemos comprender que si la pertenencia común a Jesucristo no es el factor que genera la unidad entre todas esas formas distintas, la Iglesia se desencarna y la propuesta cristiana no es capaz de alcanzar el corazón del hombre.

Leo: «Yo no soy de esos que han cambiado su cruz pectoral con una de hojalata para imitar al Papa»
[Ríe] ¡No!

¿En qué consiste esa novedad de Francisco a la que se refiere usted desde la categoría de «discontinuidad en la continuidad»?
Ante todo hay que decir que la discontinuidad en la continuidad es un factor que pone en valor la libertad de la Iglesia y en la Iglesia. El Papa Francisco da testimonio de la experiencia cristiana de una forma que no es la misma que la del Papa Benedicto o la de Juan Pablo II. Pero esto solo tiene que ver con el hecho de que el carisma del Papa, aun siendo un don del Espíritu, pasa a través del temperamento y la historia de cada Pontífice. Yo no acepto la idea de que Papa Francisco constituye una ruptura con respecto a los pontificados precedentes, pero sí he dicho que Francisco es un saludable puñetazo en el estómago para los cristianos europeos, demasiado aburguesados. Creo que cada cristiano debe «aprender el Papa».  Con humildad y sencillez tenemos que seguirlo, porque el Papa es el Papa.

El sacerdote Angelo Scola durante la celebración de una Eucaristía en 1970
(Foto: Secretaría del cardenal Angelo Scola)

Y María es María. Cuenta que tiene usted una figura de la Virgen niña en pañales
Recuerdo que mi madre rezaba delante de esta imagen, que quizá ha sido la única herencia que he recibido de mis padres. Ahora la tengo en mi habitación y rezo a la Virgen para que me ayude en esta última etapa de mi vida.

«Todos los días» piensa en la muerte, dice. ¿Es importante pensar en la muerte?
Más que importante, es inevitable. La muerte se hace presente por sí sola, a través de los achaques, las enfermedades, la vejez… Obviamente el modo en que los jóvenes piensan en la muerte es distinta.

Decía usted antes que le había impresionado el testimonio de varios jóvenes fallecidos prematuramente
He sido testigo en los últimos tres o cuatro años de casos como el de un chico, Carlo Acutis, que vivía con un sentido profundísimo la adoración eucarística y la amistad cristiana, y murió santamente a los 15 años. Y hay otro joven que se había reencontrado con Jesús y murió en un accidente de trafico. Sus padres, al entrar en su cuarto, vieron escrito en la pared de su cuarto: «¿Por qué buscáis aquí al que ha resucitado?». O podría hablar de una mujer joven con dos hijos de 4 y 2 años. Tres semanas antes de morir vino a visitarme, agotada por la enfermedad, y me estuvo preguntando durante 20 minutos cómo podía ayudar a su marido y a sus familiares para que educasen a sus hijos, sin decir una sola palabra sobre su propia situación, que era dramática. Son hechos que muestran muy bien la conveniencia y la correspondencia profunda del cristianismo con el corazón de cada hombre. Jesús con su gracia hace posible esto para todos en formas distintas.

Ricardo Benjumea
Imagen: El cardenal Scola junto al Papa
durante la visita de Francisco a Milán el 25 marzo de 2017.
(Foto: Secretaría del cardenal Angelo Scola)

Tiene que ver con todo

El diálogo, con todos sus riesgos y oportunidades, ha marcado la vida del hombre y del obispo Ángelo Scola. Tanto que para dar forma a su autobiografía ha preferido la insólita forma de una conversación. Y no porque le faltaran recursos para dibujar su propio relato sino porque, para él, la fe y la vida solo crecen a través de su exposición, midiéndose con alguien presente y diferente.

Angelo Scola reúne cualidades y acentos que raramente conviven en una misma persona. Es uno de los grandes obispos-teólogos de esta época; un gobernante nato y un intelectual que se atreve a formular hipótesis audaces como la «nueva laicidad» o el «mestizaje de las civilizaciones»; arraigado en la tradición y disponible a verificarla en escenarios nuevos como la neurociencia, las migraciones masivas o la economía globalizada; un testigo fuerte de la fe y un constructor de puentes; un hombre de pueblo, en el sentido profundo de la palabra, que gusta del diálogo cuerpo a cuerpo con los sencillos, pero que está excepcionalmente dotado para encontrarse con los grandes del pensamiento contemporáneo. El trabajo de la Fundación Oasis documenta su perspicacia y altura de miras para afrontar temas como el diálogo con el islam, la laicidad o las migraciones.

En el prefacio de su autobiografía sintetiza con precisión las opciones del momento eclesial: hay un modo de concebir la fe que tiende a reducir el cristianismo a mera religión civil, cuya función principal sería actuar como cemento de una sociedad fracturada; hay otro modo que propone una especie de retorno al Evangelio puro, de modo que ocuparnos de los grandes debates culturales y civiles del momento nos distraería de la única urgencia de comunicar la misericordia de Cristo. Para el cardenal lombardo ni una ni otra interpretación expresan adecuadamente la verdadera naturaleza del cristianismo: un acontecimiento que nace de un encuentro, suscita un testimonio y genera pertenencia a una comunidad. Según Scola la vía de la Iglesia es hoy estrecha como la cresta de una cadena montañosa. Se trata de vivir el misterio de la fe en toda su integridad, de modo que el sujeto eclesial llegue a explicitar todas sus implicaciones. Solo así la fe se «amasa» con las vicisitudes humanas (afecto, trabajo, política, descanso…) y muestra su pertinencia para la vida, su belleza y su verdad que se ofrecen permanentemente a nuestra razón y nuestra libertad.

Un aspecto que resulta admirable en estos últimos años es la forma en que ha vivido su relación con el Papa Francisco. Nunca ha ocultado sus diferencias de formación y de estilo, pero al mismo tiempo ha mostrado un fuerte deseo de aprender y de ensimismarse con su forma de comunicar el Evangelio y sus gestos de cercanía a la gente, y una gran disponibilidad para acoger el bagaje de esa fe popular que Francisco ha traído desde América al corazón de la Iglesia.

A sus 77 años el cardenal Scola sigue teniendo mucho que decir a la Iglesia y al mundo. Lo seguirá haciendo con la libertad que le ha permitido liberarse de todos los corsés con los que, unos y otros, han tratado de aprisionarle tantas veces; y con la misma inteligencia de la fe que le permite una mirada realista y esperanzada sobre este momento de la historia, sin ceder a la lamentación ni al victimismo, siendo un adelantado de la «Iglesia en salida» a la que urge sin descanso el Papa Francisco.

José Luis Restán

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