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El Papa en la Conferencia sobre Nutrición de la FAO: »Los hambrientos piden dignidad, no limosna»

El Papa en la Conferencia sobre Nutrición de la FAO: »Los hambrientos piden dignidad, no limosna»
noviembre 26
18:16 2014

Ciudad del Vaticano, (VIS).- El Papa Francisco visitó la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) , con ocasión de la segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición que tuvo lugar en Roma del 19 al 21 de noviembre.

En el Salón de Plenos el Pontífice dirigió a los presentes el discurso que reproducimos a continuación:

»Con sentido de respeto y aprecio, me presento hoy aquí, en la Segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición. Le agradezco, señor Presidente, la calurosa acogida y las palabras de bienvenida. Saludo cordialmente al Director General de la FAO, el Prof. José Graziano da Silva, y a la Directora General de la OMS, la Dra. Margaret Chan, y me alegra su decisión de reunir en esta Conferencia a representantes de Estados, instituciones internacionales, organizaciones de la sociedad civil, del mundo de la agricultura y del sector privado, con el fin de estudiar juntos las formas de intervención para asegurar la nutrición, así como los cambios necesarios que se han de aportar a las estrategias actuales. La total unidad de propósitos y de obras, pero sobre todo el espíritu de hermandad, pueden ser decisivos para soluciones adecuadas. La Iglesia, como ustedes saben, siempre trata de estar atenta y solícita respecto a todo lo que se refiere al bienestar espiritual y material de las personas, ante todo de los que viven marginados y son excluidos, para que se garanticen su seguridad y su dignidad.

Los destinos de cada nación están más que nunca enlazados entre sí, al igual que los miembros de una misma familia, que dependen los unos de los otros. Pero vivimos en una época en la que las relaciones entre las naciones están demasiado a menudo dañadas por la sospecha recíproca, que a veces se convierte en formas de agresión bélica y económica, socava la amistad entre hermanos y rechaza o descarta al que ya está excluido. Lo sabe bien quien carece del pan cotidiano y de un trabajo decente. Este es el cuadro del mundo, en el que se han de reconocer los límites de planteamientos basados en la soberanía de cada uno de los Estados, entendida como absoluta, y en los intereses nacionales, condicionados frecuentemente por reducidos grupos de poder. Lo explica bien la lectura de la agenda de trabajo de ustedes para elaborar nuevas normas y mayores compromisos para nutrir al mundo. En esta perspectiva, espero que, en la formulación de dichos compromisos, los Estados se inspiren en la convicción de que el derecho a la alimentación sólo quedará garantizado si nos preocupamos por su sujeto real, es decir, la persona que sufre los efectos del hambre y la desnutrición.

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Hoy día se habla mucho de derechos, olvidando con frecuencia los deberes; tal vez nos hemos preocupado demasiado poco de los que pasan hambre. Duele constatar además que la lucha contra el hambre y la desnutrición se ve obstaculizada por la »prioridad del mercado» y por la »preminencia de la ganancia», que han reducido los alimentos a una mercancía cualquiera, sujeta a especulación, incluso financiera. Y mientras se habla de nuevos derechos, el hambriento está ahí, en la esquina de la calle, y pide carta de ciudadanía, ser considerado en su condición, recibir una alimentación de base sana. Nos pide dignidad, no limosna.

Estos criterios no pueden permanecer en el limbo de la teoría. Las personas y los pueblos exigen que se ponga en práctica la justicia; no sólo la justicia legal, sino también la contributiva y la distributiva. Por tanto, los planes de desarrollo y la labor de las organizaciones internacionales deberían tener en cuenta el deseo, tan frecuente entre la gente común, de ver que se respetan en todas las circunstancias los derechos fundamentales de la persona humana y, en nuestro caso, la persona con hambre. Cuando eso suceda, también las intervenciones humanitarias, las operaciones urgentes de ayuda o de desarrollo – el verdadero, el integral desarrollo – tendrán mayor impulso y darán los frutos deseados.

El interés por la producción, la disponibilidad de alimentos y el acceso a ellos, el cambio climático, el comercio agrícola, deben ciertamente inspirar las reglas y las medidas técnicas, pero la primera preocupación debe ser la persona misma, aquellos que carecen del alimento diario y han dejado de pensar en la vida, en las relaciones familiares y sociales, y luchan sólo por la supervivencia. El santo Papa Juan Pablo II, en la inauguración en esta sala de la Primera Conferencia sobre Nutrición, en 1992, puso en guardia a la comunidad internacional ante el riesgo de la »paradoja de la abundancia»: hay comida para todos, pero no todos pueden comer, mientras que el derroche, el descarte, el consumo excesivo y el uso de alimentos para otros fines, están ante nuestros ojos. Esta es la paradoja. Por desgracia, esta »paradoja» sigue siendo actual. Hay pocos temas sobre los que se esgrimen tantos sofismas como los que se dicen sobre el hambre; pocos asuntos tan susceptibles de ser manipulados por los datos, las estadísticas, las exigencias de seguridad nacional, la corrupción o un reclamo lastimero a la crisis económica. Este es el primer reto que se ha de superar.

El segundo reto que se debe afrontar es la falta de solidaridad, una palabra que tenemos la sospecha que inconscientemente la queremos sacar del diccionario. Nuestras sociedades se caracterizan por un creciente individualismo y por la división; esto termina privando a los más débiles de una vida digna y provocando revueltas contra las instituciones. Cuando falta la solidaridad en un país, se resiente todo el mundo. En efecto, la solidaridad es la actitud que hace a las personas capaces de salir al encuentro del otro y fundar sus relaciones mutuas en ese sentimiento de hermandad que va más allá de las diferencias y los límites, e impulsa a buscar juntos el bien común.

Los seres humanos, en la medida en que toman conciencia de ser parte responsable del designio de la creación, se hacen capaces de respetarse recíprocamente, en lugar de combatir entre sí, dañando y empobreciendo el planeta. También a los Estados, concebidos como una comunidad de personas y de pueblos, se les pide que actúen de común acuerdo, que estén dispuestos a ayudarse unos a otros mediante los principios y normas que el derecho internacional pone a su disposición. Una fuente inagotable de inspiración es la ley natural, inscrita en el corazón humano, que habla un lenguaje que todos pueden entender: amor, justicia, paz, elementos inseparables entre sí. Como las personas, también los Estados y las instituciones internacionales están llamados a acoger y cultivar estos valores: amor, justicia, paz. Y hacerlo en un espíritu de diálogo y escucha recíproca. De este modo, el objetivo de nutrir a la familia humana se hace factible.

Cada mujer, hombre, niño, anciano, debe poder contar en todas partes con estas garantías. Y es deber de todo Estado, atento al bienestar de sus ciudadanos, suscribirlas sin reservas, y preocuparse de su aplicación. Esto requiere perseverancia y apoyo. La Iglesia Católica trata de ofrecer también en este campo su propia contribución, mediante una atención constante a la vida de los pobres, de los necesitados, en todas las partes del planeta; en esta misma línea se mueve la implicación activa de la Santa Sede en las organizaciones internacionales y con sus múltiples documentos y declaraciones. Se pretende de este modo contribuir a identificar y asumir los criterios que debe cumplir el desarrollo de un sistema internacional ecuánime. Son criterios que, en el plano ético, se basan en pilares como la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad; al mismo tiempo, en el campo jurídico, estos mismos criterios incluyen la relación entre el derecho a la alimentación y el derecho a la vida y a una existencia digna, el derecho a ser protegidos por la ley, no siempre cercana a la realidad de quien pasa hambre, y la obligación moral de compartir la riqueza económica del mundo.

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Si se cree en el principio de la unidad de la familia humana, fundado en la paternidad de Dios Creador, y en la hermandad de los seres humanos, ninguna forma de presión política o económica que se sirva de la disponibilidad de alimentos puede ser aceptable. Presión política y económica, aquí pienso en nuestra hermana y madre tierra, en el planeta, si somos libres de presiones políticas y económicas para cuidarlo, para evitar que se autodestruya. Tenemos adelante Perú y Francia dos conferencias que nos desafían, cuidar el planeta. Recuerdo una frase que escuché de un anciano hace muchos años, Dios siempre perdona… las ofensas, los maltratos, Dios siempre perdona, los hombres perdonamos a veces, la tierra no perdona nunca. Cuidar a la hermana tierra, la madre tierra para que no responda con la destrucción. Pero, por encima de todo, ningún sistema de discriminación, de hecho o de derecho, vinculado a la capacidad de acceso al mercado de los alimentos, debe ser tomado como modelo de las actuaciones internacionales que se proponen eliminar el hambre.

Al compartir estas reflexiones con ustedes, pido al Todopoderoso, al Dios rico en misericordia, que bendiga a todos los que, con diferentes responsabilidades, se ponen al servicio de los que pasan hambre y saben atenderlos con gestos concretos de cercanía. Ruego también para que la comunidad internacional sepa escuchar el llamado de esta Conferencia y lo considere una expresión de la común conciencia de la humanidad: dar de comer a los hambrientos para salvar la vida en el planeta. Gracias».

Después de su discurso, el Papa saludó al personal de la FAO agradeciéndoles su espíritu de solidaridad y su comprensión que va más allá de los documentos y su capacidad para ver »los rostros apagados y las situaciones dramáticas de personas sometidas a la dura prueba del hambre y de la sed». »El agua -dijo- no es gratis como pensamos tantas veces. Será un gran problema que podría llevarnos a una guerra». Y reiteró de nuevo que aquellos para quienes trabaja la FAO »piden dignidad y no limosna. Esta es vuestra tarea: asegurar que cada uno de ellos tenga dignidad».

Intervención de la Reina de España
Su Majestad la Reina intervino en este foro, en el que se pretende formular un marco normativo flexible para abordar adecuadamente los principales desafíos de la nutrición en los decenios venideros, así como determinar las prioridades para la cooperación internacional en el campo de la nutrición a corto y medio plazo.

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Doña Letizia, tras finalizar el Viaje Oficial a la República Italiana de Sus Majestades los Reyes, permaneció en Roma para participar en la segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición (CIN 2), que organizan la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), y la Organización Mundial de la Salud (OMS), en colaboración con el Fondo Internacional para el Desarrollo de la Agricultura (FIDA), el Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (IFPRI), UNESCO, UNICEF, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y el Grupo de Tareas de Alto Nivel sobre la crisis de la seguridad alimentaria mundial (HLTF).

Su Majestad la Reina en su intervención destacó que «es inaceptable, y a esto se refirieron hace 22 años también en Roma en la primera conferencia internacional, que más de 800 millones de personas padezcan hambre crónica y más de 1.400, sobrepeso y obesidad, por no mencionar las cifras de mortalidad y morbilidad infantil. Por tanto, el desafío requiere el concierto de todos los actores implicados. Y no sólo los políticos», asimismo, puso de relieve la «necesaria acción colectiva para que los sistemas alimentarios mejoren, el reforzamiento decidido de la mujer tiene un valor especial».

También Doña Letizia subrayó que «invertir en mejorar la nutrición aumenta la productividad y el crecimiento económico, reduce costes en atención sanitaria y promueve la educación, la capacidad intelectual y el desarrollo social. Invertir en mejorar la nutrición es prevenir. Y la prevención es siempre beneficiosa porque implica conocimiento, educación y toma de conciencia de cada individuo sobre su situación y en su contexto».

Asimismo, añadió en referencia a la investigación científica, y su necesaria financiación, que «deben exhibir los máximos valores de independencia y rigor como únicos pilares para el papel crucial que demanda la población mundial», y por otro lado, la gran industria alimentaria, de la que destacó que «las multinacionales del sector de la alimentación y de la agricultura deben acompañar a las agencias internacionales y a los gobiernos en su tarea de promover la salud pública». También Doña Letizia subrayó antes de finalizar su intervención que en «España estamos comprometidos con la salud pública desde todos los niveles de la administración. Y en lo referente a nutrición, tratamos de fomentar la sostenibilidad de la dieta mediterránea tradicional como parte integral de un estilo de vida saludable y equilibrado.».

Tras su recibimiento, Doña Letizia mantuvo un encuentro con el director general de la FAO, José Graziano, en el que estuvo acompañada por la ministra de Agricultura, Alimentación y Mediambiente, Isabel Gacía Tejerina;el embajador representante permanente de España ante los Organismos de Naciones Unidas en Roma, Francisco Javier Elorza; la embajadora representante permanente de España ante los Organismos de Naciones Unidas en Ginebra, Ana María Menéndez y por la secretaria general de Sanidad, Pilar Farjas.

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Finalizado el encuentro y la intervención, Su Majestad la Reina saludó a Su Santidad el Papa Francisco que pronunció unas palabras, y posteriormente mantuvo una reunión con el personal de dirección de la OMS y asistió a la mesa redonda «La nutrición en todos los sectores». Tras estas reuniones, Doña Letizia mantuvo un encuentro con la primera dama de la República del Perú, Nadine Heredia.

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