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La riqueza y el poder puedan ser buenos para el bien común si se ponen al servicio de los pobres y de todos con justicia y caridad

La riqueza y el poder puedan ser buenos para el bien común si se ponen al servicio de los pobres y de todos con justicia y caridad
marzo 01
14:01 2016

Ciudad del Vaticano, 24 de febrero de 2016 (Vis).-La misericordia y el poder ha sido el tema de la catequesis del Papa Francisco en la audiencia general del miércoles 24 de febrero en la Plaza de San Pedro a la que han asistido más de 20.000 personas.

Audiencia General 24.2.2016 b

El Santo Padre explicó que en varios pasajes de la Biblia se habla de los reyes y los poderosos y también de su arrogancia y sus abusos, no obstante »la riqueza y el poder puedan ser buenas y útiles para el bien común si se ponen al servicio de los pobres y de todos, con justicia y caridad. Pero, si como sucede demasiado a menudo, se viven como un privilegio, con egoísmo y prepotencia se transforman en instrumentos de corrupción y de muerte».

Un ejemplo de ese injusto privilegio es el relato de la viña de Nabot. El rey Ajab quiere comprarla porque le conviene ya que linda con su palacio, pero Nabot se niega porque para Israel la tierra es de Dios, prenda de su bendición que se transmite de generación en generación. Ajab se indigna porque ve en ese rechazo una ofensa a su poder, un menoscabo de su autoridad. Su esposa, Jezabel, que también considera el poder real absoluto, decide eliminar a Nabot y hace que falsos testigos lo acusen ante los ancianos y las autoridades de haber maldecido a Dios y al rey. Un crimen que se castiga con la muerte. Nabot es ajusticiado y el rey se hace con su viña.

»Jesús recordando estas cosas nos dice : »Sabéis que los gobernantes de las naciones dominan sobre ellas y los jefes las oprimen. Entre vosotros no será así: Quien quiera ser el primero sea el servidor de todos». »Si se pierde la dimensión del servicio -subrayó el Pontífice- el poder se convierte en arrogancia y opresión»… Y la historia de Nabot »no es una historia de otros tiempos, es también historia de hoy, de los poderosos que para tener más dinero explotan a los pobres, explotan a la gente. Es la historia de la trata de personas, del trabajo esclavo, de la pobre gente que trabaja en negro con el salario mínimo para enriquecer a los poderosos. Es la historia de los políticos corruptos que quieren más y más y más».

El episodio de la viña de Nabot enseña »hasta donde lleva el ejercicio de una autoridad sin respeto por la vida, por la justicia, sin misericordia. Y vemos hasta donde lleva la sed de poder: se convierte en codicia que todo lo quiere poseer». Francisco ejemplificó esta situación con las palabras del profeta Isaías, »que no era comunista» dijo- cuando advierte a los ricos latifundistas de la avidez que les lleva a querer tener siempre más casas y tierras: »Ay de vosotros, que añadís casa a casa y unís campo con campo, hasta que no quede sitio y así os quedéis solos en el pueblo».

Sin embargo »Dios es más grande que la maldad y los juegos sucios de los seres humanos y en su misericordia manda al profeta Elías para ayudar a Ajab a convertirse, y el rey, frente a su pecado…se humilla y pide perdón ¡Que hermoso sería si hicieran lo mismo los poderosos explotadores de hoy! -exclamó Francisco- El Señor acepta su arrepentimiento, pero un inocente ha sido asesinado y la culpa cometida tendrá consecuencias inevitables. El mal causado dejará una herida que tendrá consecuencias en la historia».

También en este caso la misericordia muestra el camino a seguir porque »puede curar las heridas y cambiar la historia. La misericordia divina es más fuerte que el pecado de los hombres. Nosotros conocemos su poder cuando recordamos la venida del Inocente Hijo de Dios que se hizo hombre para destruir el mal con su perdón. Jesucristo es el rey verdadero pero su poder es completamente distinto. Su trono es la cruz. El no es un rey que mata: al contrario da la vida. Su encaminarse hacia todos, en particular hacia los más débiles, vence la soledad y el destino de muerte al que lleva el pecado y con su cercanía y su ternura conduce a los pecadores al lugar de la gracia y del perdón».

Texto completo de la Audiencia

Audiencia general 24.2.2016c

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Proseguimos las catequesis sobre la misericordia en la Sagrada Escritura. En distintos pasos se habla de los poderosos, de los reyes, de los hombres que están “en lo alto”, y también de su arrogancia y de sus abusos. La riqueza y el poder son realidades que pueden ser buenas y útiles para el bien común, si se ponen al servicio de los pobres y de todos, con justicia y caridad. Pero cuando, como demasiado a menudo sucede, son vividas como privilegio, con egoísmo y prepotencia, se transforman en instrumento de corrupción y muerte. Es lo que sucede en el episodio de la viña de Nabot, descrito en el primer libro de los Reyes, en el capítulo 21, sobre el que hoy nos detenemos.

En este texto se cuenta que el rey de Israel, Acab, quiere comprar la viña de un hombre de nombre Nabot, porque esta viña confina con el palacio real. La propuesta parece legítima, incluso generosa, pero en Israel las propiedades terrenales eran consideradas inalienables. De hecho, el libro del Levítico escribe: “La tierra no podrá venderse definitivamente, porque la tierra es mía, y ustedes son para mí como extranjeros y huéspedes” (Lv 25,23). La tierra es sagrada, porque es un don del Señor, que como tal es cuidada y conservada, en cuanto signo de la bendición divina que pasa de generación en generación y es garantía de dignidad para todos. Se comprende entonces la respuesta negativa de Nabot al rey: “¡El Señor me libre de cederte la herencia de mis padres!” (1 Re 21,3).

El rey Acab reacciona a este rechazo con amargura e indignación. Se siente ofendido, él es el rey, el poderoso, se siente disminuido en su autoridad de soberano, y frustrado en la posibilidad de satisfacer su deseo de posesión. Viéndolo tan abatido, su mujer Jezabel, una reina pagana que había incrementado los cultos de idolatría y hacía matar a los profetas del Señor, no era fea, era mala, decide intervenir.

Las palabras con las que se dirige al rey son muy significativas, escuchad la maldad que hay detrás de esta mujer. “¿Así ejerces tú la realeza sobre Israel? ¡Levántate, come y alégrate! ¡Yo te daré la viña de Nabot, el israelita!” (v. 7). Ella pone el acento sobre el prestigio y el poder del rey, que, según su modo de ver, está siendo cuestionado por el rechazo de Nabot. Un poder que ella sin embargo considera absoluto, y por el cual cualquier deseo del rey, el poderoso, se convierte en una orden.

El gran san Ambrosio ha escrito un pequeño libro sobre este episodio, se llama Nabot. Será bueno leerlo en este tiempo de Cuaresma. Muy bonito y muy concreto.

Jesús, recordando estas cosas, nos dice: “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo” (Mt 20,25-27). Si se pierde la dimensión del servicio, el poder se transforma en arrogancia y se convierte en dominio y opresión. Es precisamente esto lo que sucede en el episodio de la viña de Nabot. Jezabel, la reina sin escrúpulos, decide eliminar a Nabot y lleva a cabo su plan. Usa las apariencias engañosas de una legalidad perversa: envía, en nombre del rey, cartas a los ancianos y a los notables de la ciudad ordenando que falsos testigos acusen públicamente a Nabot de haber maldecido a Dios y al rey, un crimen castigado con la muerte. Así termina la historia, muerto Nabot, el rey puede adueñarse de su viña.

Esta no es una historia de otros tiempos ¿eh? Es también una historia de hoy, de los poderosos que para tener más dinero explotan a los pobres, explotan a la gente. Es la historia de la trata de personas, del trabajo esclavo, de la pobre gente que trabaja en negro y con el mínimo para enriquecer a los poderosos. Es la historia de los políticos corruptos que quieren más y más y más. Por esto decía que nos hará bien leer ese libro de san Ambrosio sobre Nabot, porque es un libro de actualidad.

Es aquí donde lleva el ejercicio de la autoridad sin respeto por la vida, sin justicia, sin misericordia. Y esto es a lo que lleva la sed de poder: se convierte en avaricia que quiere poseer todo. Un texto del profeta Isaías es particularmente iluminante al respecto. En él, el Señor advierte sobre la avaricia de los ricos latifundistas que quieren poseer cada vez más casas y terrenos. Dice el profeta Isaías: “¡Ay de los que acumulan una casa tras otra y anexionan un campo a otro, hasta no dejar más espacio y habitar ustedes solos en medio del país!” (Is 5,8).

Y el profeta Isaías no era comunista ¿eh? Pero Dios es más grande que las maldades y los juegos sucios hechos por los seres humanos. En su misericordia envía al profeta Elías para ayudar a Acab a convertirse. Ahora pasamos página, y ¿cómo sigue la historia? Dios ve este crimen y también llama al corazón de Acab. Y el rey, puesto delante de su pecado, entiende, se humilla y pide perdón. Qué bonito sería que los poderosos, explotadores de hoy, hicieran lo mismo. El Señor acepta su arrepentimiento; es más, un inocente ha sido asesinado, y la culpa cometida tendrá consecuencias inevitables. De hecho, el mal cumplido deja sus huellas dolorosas, y la historia de los hombres lleva las heridas. La misericordia muestra también en este caso la vía maestra que debe ser perseguida. La misericordia puede sanar las heridas y puede cambiar la historia. Pero, abre tu corazón a la misericordia. La misericordia divina es más fuerte que el pecado de los hombres. Es más fuerte. Este es el ejemplo de Acab. Nosotros conocemos el poder, cuando recordamos la venida del Inocente Hijo de Dios que se ha hecho hombre para destrozar el mal con su perdón. Jesucristo es el verdadero rey, pero su poder es completamente diferente. Su trono es la cruz. Él no es un rey que mata, sino al contrario, da la vida. Su ir hacia todos, sobre todo los más débiles, derrota la soledad y el deseo de muerte al que conduce el pecado. Jesucristo con su cercanía y ternura lleva a los pecadores al espacio de la gracia y del perdón. Y esta es la misericordia de Dios.

Texto traducido y transcrito por ZENIT 

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Cholo Hurtado

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